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Dec 26, 2016  
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Aa , Abraham Jacob van der (1852-1878), Biographisch Woordenboek der Nederlanden, bevattende levensbeschrijvingen van zoodanige personen die zich op eenigerlei wijze in ons vaderland hebben vermaard gemaakt. Hugo insistió en que fuera a ver al médico y éste me dio un volante de reposo de 72 horas para que me quedara en casa y descansara, lo que sirvió para que se me mimara y llevara entre algodones durante tres días. Yo con unos kilos menos, eso sí, pero con ilusión por recibir la llamada de la revista, que recibí el jueves; dijeron que podía incorporarme a mi nuevo puesto en dos semanas y yo avisé al señor Montes y a las chicas de que mi tiempo allí había terminado. Mis compañeras cocinaron dulces para convertir mi último viernes en una especie de brunch eterno del que terminé empachada.

Hugo apuntó, una semana más tarde, que quizá debía ir al médico porque quizá no me había recuperado bien del virus, pero no le hice caso. No sabría decir de dónde vino la certeza, pero un día, mientras ultimaba los textos para un reportaje sobre fotografía digital, sencillamente lo supe. Fui sola a la farmacia, compré una prueba y me la hice en el cuarto de baño mientras esperaba a que Hugo volviera del trabajo.

No quise decirle nada a Hugo hasta que no lo tuviera del todo claro y, aunque tuve la tentación de pedirle a mi hermana que me acompañara, me callé, por si todo era una suerte de paranoia mía. Mierda”… pensé, pero acto seguido me toqué el vientre con ternura en una reacción tan inconsciente como natural. Cuando llegó, yo estaba sentada en el sofá haciendo como que leía, pero llevaba veinte minutos en la misma página, dándole vueltas a todo aquello.

Habíamos llegado a la conclusión de que algún día nos lo plantearíamos, pero todo era vago y poco concreto. Se quedó con las manos suspendidas en el aire, en mitad de la tarea de quitarse la camisa y frunció el ceño. A través de la tela blanca de su camisa se adivinaba su pecho, tan masculino, atrayente y calmante para mí. En aquel momento lo único que me apetecía era apoyar mi mejilla sobre la piel caliente y su vello y dormirme sin pensar más. Me quedé mirándole esperando una explosión de las suyas, un pero ¿cómo cojones ha pasado?” a voz en grito, pero lo único que encontré fue una sonrisa dibujándose en su cara.

Me encogí sobre mí misma, sin saber muy bien qué hacer y él se puso en cuclillas delante de mí, apoyado en mis rodillas. Quizá tuviera razón… las grandes cosas de la vida siempre me pillaban de improvisto, como ellos dos. Nos sentamos alrededor de la mesa de la cocina y mi hermana no tardó en aparecer, trotando y besándonos a los dos como si le fuese la vida en ello.

Mi padre lo miraba con el ceño fruncido, como si quisiera averiguar qué le ponía tan nervioso como para tener picores. Hubo un silencio en el que él esperaba que yo tomara la palabra, pero buscando las palabras precisas me quedé en el limbo. Todo el mundo parecía estar contento, emocionado… casi preparado para una noticia como aquella. Se la llevaron corriendo y yo me quedé como un gilipollas haciendo los papeles de ingreso.

Todo el mundo excepto yo, la persona que iba a ver crecer su vientre y de la que iba a nacer otra persona. Una vez mi padre me dijo que, en la vida, las prioridades cambian de la noche a la mañana y que, cuando te quieres dar cuenta, eres adulto. Yo creo que hacerse adulto no cambia tus prioridades, solo pone luz sobre aquellas cosas que son en realidad importantes.

Ella estaba tomando la píldora y ninguno de los dos cayó en la cuenta de que si la vomitas por una gripe estomacal… no hace efecto. El destino que quería que fuésemos padres y yo pudiera construir de cero mi propia familia para darle sentido al futuro. Durante los primeros quince minutos mantuve un poco de esperanza, aunque la cantidad de sangre era alarmante.

A decir verdad, hacía muy poco habíamos hecho una reunión seria de pareja”, como las llamaba ella, para hablar sobre si queríamos invertir en una casa con otra habitación si era buen momento para planear un gran viaje. Creo que si no hubiera sido de aquella manera nunca hubiéramos entendido que, si lo piensas, ningún momento es el perfecto para ser padre. A mí se me activó en el momento en el que supe que Alba estaba embarazada, pero ella se sentía insegura sin esa reafirmación interior. Alba se levantó con cuidado de la cama y se metió en el cuarto de baño a asearse antes de irnos.

Supuse que llegaría su momento en cuanto su vientre se abultara de verdad incluso cuando dejaran al bebé en sus brazos por primera vez. Cuando se cumplió media hora y vi al médico salir preguntando por los familiares de Alba Aranda… lo tuve claro. Su familia se volcó en nosotros y ella, sencillamente, se levantó de la cama y se fue a trabajar el día después a que le dieran el alta.